miércoles, 18 de febrero de 2009

El sentido de las cosas.

En el film "Tira a mamá del tren", con Billy Crystal y Danny DeVito hay una escena imperdible.

Uno de ellos quiere agradar al otro, demostrándole que confía en él y que puede tener la confianza de mostrarle algo muy valioso que oculta de la mirada de todos los demás. Le dice:-Voy a mostrarte mi colección de monedas. Nadie la vió mas que yo nunca.

La tiene guardada en un lugar inaccesible, y saca el cofrecito lo abre con una llave también oculta, desenrolla lenta y cuidadamente un paño y exhibe las monedas, las extiende y ordena con un orden que sólo él entiende. Espera, anhelante, que el otro se admire de la entrega que ha hecho de mostrar su intimo tesoro. 

El otro mira detenidamente y dice: - Esto es ridículo! Son monedas corrientes, no tienen más valor que cualquiera de mi propio bolsillo!

El dueño del cofre, sereno y emocionado contesta: - No es así. Mirá. Estas dos monedas, me las dió mi padre (fallecido hace mucho) cuando tenía yo ocho años. Me había mandado a sacar entradas a un juego en el parque de diversiones y estas dos eran el vuelto y me dijo que me las quede. 

Con ese tenor, explicó el origen de cada moneda de su colección. Sus monedas, corrientes para cualquier otro tenían para él connotaciones absolutamente potentes, que sólo él podía percibir.

Bien mirada, esa escena en esa película ayuda a comprender que para cada persona los gestos, las palabras, los objetos, los actos, no significan siempre exactamente lo mismo.  

viernes, 13 de febrero de 2009

El respeto de la norma como Coartada.

Unos ingenieros han hecho un minucioso manual de procedimiento para revisar el circuito eléctrico de unos complicados motores en un edificio inteligente. Se entiende: Sería una misión imposible de cumplir sin el manual. Algo debe desconectarse antes de tocar otra cosa, que a su vez es imprescindible tocar para acceder a otra y todo eso debe hacerse en una secuencia estricta, con herramientas precisas y siguiendo rutinas que no admiten otro modo de hacerse. Vale.

Para este y muchísimos otros ejemplos los Manuales de Procedimiento son completamente imprescindibles. Hasta para usar tu electrodoméstico. Ya nada puede ser intuitivo cuando hay tanta complejidad comprometida en el funcionamiento de las cosas.

Pero. ¿esto es aplicable a todas las cosas que funcionan? Puede ser, pero no con esa rigidez. Porque hay también Manuales de Procedimiento (Se los llama Protocolos) para realizar por ejemplo una cirugía y para la mayoría de los procedimientos de intervención sobre seres vivos. Aunque en estos casos, no es tan rígido el manual, porque hay acción y reacción. Hay imprevistos que se resuelven más por dominar el Arte que la Técnica.

Vayamos un poco más lejos. 

He visto muchas veces en mi trabajo, personas que son Devotas del Manual, del Protocolo, del Ritual Procesal, del Reglamento, de "Lo que dice ahí el cartelito". Devotas, como se es -quien lo es- de los Diez Mandamientos. O de San Algo. Hacen de las reglas un Dogma.

Y navegan en sus vidas laborales en el mar del deber "cumplir con la tarea que se me ha encomendado".

Veamos. ¿es siempre lo mejor eso?

Puede ser en el último eslabón de la cadena militar. Un soldado raso imputado, en un famoso juicio al preguntársele si era cierto el hecho que se le atribuía, dijo: " - Siempre cumplí mis órdenes. Se me marcaba el blanco y yo disparaba. Era mi función, mi razón de ser y estar allí. Soy un soldado".  El tipo se equiparó a una cosa. La carabina podría haber contestado exactamente lo mismo si hubiera sido posible interrogarla.

Vamos a otro caso. Hay montones de personas haciendo fila, muchas con dificultades para moverse. Hay diversidad en los que esperan hace horas y esto incluye ancianos, algunas mujeres con niños.  Cuando se les pregunta a los empleados que abandonan sus puestos de atención al público en el mostrador, dejando a los ciudadanos esperando, dicen: "-Es mi hora de almuerzo" Señalando un cartel que -efectivamente- dice que a esta hora se almuerza en este lugar. Las letras impresas en el cartel parecen de mayor entidad que las necesidades de los que esperan ser atendidos.

Y entonces a veces es necesario recordarles a los Dogmáticos que -a lo largo de toda la vida, de todas las personas, de todas las circunstancias- nunca está la Norma por encima del Objetivo. Que las tareas asignadas lo son en función del cumplimiento del objetivo. Que si en algún momento, por el motivo que sea, se bifurcan los senderos, lo único correcto es desechar el manual y acudir en busca del objetivo.
El objetivo no es cumplir con la tarea.
La tarea, es cumplir con el objetivo.

El cerrajero


Todos, o la mayoría, para salir del edificio metían la llave, la giraban y tiraban de ella, para abrir la puerta.
Naturalmente, cada tres o cuatro meses había que reparar el tambor, que se deterioraba con el uso indebido que se le prodigaba.
Cincuenta unidades, dos llaves por unidad, era una fiesta para el cerrajero por lo menos cuatro veces por año.
Esta vez lo hice venir yo. Le dije: "-Vamos a poner la cerradura invertida. En el marco el macho y en la puerta la hembra."
"-No se puede"
"-Sí se puede. Hay espacio en el marco."
"-Pero, no está hecha para funcionar así." (No podía concebirlo)
"-Hagamos la prueba"

Hace muchos años que no se deteriora. En verdad, nunca más, y hace más de diez años que no viene el cerrajero. Es cierto que ahora para entrar y salir hay que usar las dos manos, una para liberar la cerradura y otra para arrastrar la puerta desde una manija puesta al efecto.
Pero la cerradura permanece siempre usada del modo correcto.

Puede ser -entonces- que haya un modo no concebido por un experto de hacer funcionar algo. 
Y ¿Porqué no probarlo? 

Esa es la idea.

jueves, 12 de febrero de 2009

Bienvenidos

Un día cualquiera, hace ya bastante tiempo, un cliente me pidió una respuesta breve respecto de qué debía contestar cuando le preguntaban en qué materia yo lo asesoraba. 

Maravilloso. Veníamos dedicándole dos horas cada mañana a nuestra tarea, robándoselas al descanso, porque nos juntábamos a las seis, cuando su fábrica comenzaba la tarea a las ocho. Analizábamos sus finanzas, su producción, su estilo de conducción, sus temores, las oportunidades, las amenazas. . . y nunca le habíamos puesto nombre a este trabajo conjunto. 
Entonces, dedicamos un rato a elaborar juntos la respuesta, y cuando por fin quedó bastante claro lo que ocurría, la cara se le iluminó y me dijo: -  ¡ Listo ! . . .  ¡ vos me ayudás a pensar ! 
Y esa síntesis, dicha por quien recibe la contribución, me halagó,  y me hizo resignificarme desde entonces. 

Porque allí había cobrado todo su sentido la entrevista inicial entre él y yo. En aquella ocasión, me había preguntado por mi formación, en especial por mi experiencia en el rubro de su empresa. Le contesté que de ese ramo no sabía casi nada. Pero que por eso nuestro vínculo iba a ser provechoso. Porque iba a hacerle preguntas -desde mi ignorancia- que él hacia demasiado tiempo que no se formulaba. Y que ese era el mayor valor de mi contribución. Hacer que su cotidianeidad se enriqueciera por ser enfocada desde otro punto de vista, desde otra mirada.

Y ese fué el nombre que -cuando fué necesario poner un nombre a nuestro equipo de trabajo- adoptamos: LOM, que quiere decir La Otra Mirada.

No me voy a extender por hoy.

Pero lo que quiero es que haya una introducción a este blog. 

Se trata de que no todo tiene que ser experto. No todo tiene que estar certificado bajo normas. Que los diplomas y las otras cosas que se cuelgan en las paredes, que se anteponen a los nombres, que se ostentan para refirmar lo que se dice o lo que se hace, no son lo imprescindible, ni lo principal, ni lo necesario. Por lo menos, no siempre. Por lo menos, no para todo.
Que hay otros requisitos para que algo sirva, sea útil. Que hay saberes que solamente se certifican con los actos. 

Y que las mayores contribuciones siempre fueron obra o de excéntricos o de momentos de desobediencia de quienes eran políticamente correctos.

Por hoy no voy a redundar. Creo que es cierto que cuanto mas tratas de aclarar, mas oscurece.